Un día largo, agotador en todos
los sentidos, son las siete de la noche, un día viernes, salgo de la
Universidad y me dirijo a mi casa, solo.
Mientras camino a tomar mi
transporte, noto como cientos de personas se reúnen a consumir licor, cigarrillo,
a hablar, incluso a gritar, a li Me detengo un momento en el semáforo y pienso:
muchos lo hacen por pasar un buen rato, otros porque no quieren llegar a sus
miserables vidas de ruina en sus hogares, algunos tal vez lo hagan por
aparentar. Quizás la gorda que está gritando al otro lado de la calle, solo
quiere llamar la atención y salir de ese anonimato, solo con la excusa de estar
ebria. No lo sé… Es posible que solo lo haya notado esta noche, porque no tengo
nada que hacer y ellos sí.
Paso el semáforo, muchos también
lo hacen, también se dirigen a sus casas. Noto su cara de cansancio, de
aburrimiento, de soledad. Nadie habla, solo caminamos, todos desconocidos.
Puede que no tuvieran nada que hacer, o tal vez no puedan, no lo sé.
Llego a mi transporte, no se
encuentra muy lleno, ¿Por qué? Todos están reunidos en la adoración al licor
que hacen cada semana, misma hora, mismo lugar, las mimas personas. Pienso que
se torna algo rutinario y la rutina cansa.
Me siento y miro por la ventana
como se desenvuelve la ciudad en la noche. TSM 034, JRL 342, TOB 342, amarillo,
amarillo, taxi, taxi, la ciudad repleta
de esos vehículos, que al parecer lo único que hacen es tráfico y mucho ruido.
Veo como un taxista le grita a otro algunas palabras soeces, a lo que el
atacado se “defiende” con más palabras, ¿Todo por qué? Por un lugar para
estacionar, solo por eso. La verdad es triste ver como dos personas resultan
odiándose por cosas tan irrelevantes.
Miro por la ventana como las
luces de todo el lugar se levantan en la noche, creando una falsa atmosfera de
un sol nocturno. Me es totalmente imposible observar una estrella, esa capa de
luces no me deja observar más allá de ella, solo veo nubes, nubes color
amarillo, amarillo como las luces de la ciudad, no como el plateado de la Luna
o negras como la misma noche. Pero eso ya es normal, ya nadie nota eso, nadie
extraña las estrellas, la Luna, todos solo quieren llegar a sus casas o estar
con sus “amigos”.
Finalmente bajo de mi medio de
transporte, él sigue su curso, al parecer nunca llegará a su meta, porque no la
tiene, solo repite el mismo recorrido, una y otra vez, 18 horas al día, supongo
que eso explica el mal genio de su conductor. Como sea, camino hacia mi hogar,
solo son 30 minutos, 30 minutos pasando por bares y establecimientos públicos,
los cuales hacen más ruido que los mismos taxistas. “La 80”, “La polita”,
“Sound Night” y otros nombres, todos
esos lugares repletos, hombres ebrios, mujeres que dejan mucho que pensar,
respecto a la manera de vestirse. Pero…en fin, nadie observa eso.
Camino rápido, deseo llegar a mi
casa, por un poco de silencio y digo “poco” porque en esta ciudad son demasiado
pocos los lugares en los que no hay contaminación auditiva. Esos 30 minutos se
hacen cortos, observando las “fiestas”, los espectáculos que brindan ciertos
hombres y mujeres cuando están en ese estado deplorable de ebriedad.
Al fin llego a mi casa, cansado,
pensativo. Luego de todo un día fuera de ella, algo de silencio, un poco de
comida y un libro es lo único que necesito
para esta noche.
A veces es bueno fijarnos en
nuestro entorno, en las pequeñas cosas o
las que consideramos insignificantes o irrelevantes, porque es allí donde
distinguimos la sociedad en la que convivimos cada día.
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